El Acompañamiento Emocional en etapa infantil, tiene mucho que ver con poder ver a la niña interior, la niña que fui, entender que le pasó, como se siente, cuales fueros sus tristeza y sus alegrias y darle todo aquello que necesita de manera auténtica.

Después, podremos acompañar a las niñas y a los niños y crear un vínculo basado en la capacidad empática, compasiva. Un vínculo amoroso y seguro.

Cuando empecé en este camino Psicoeducativo,la infancia se transformó en mi propio camino de crecimiento y empecé a investigarme a través de la Terapia Gestalt y la Terapia Corporal Integrativa.

En mi proceso de crecimiento tropecé con mi niña interior y empecé a comprender cuales fueron mis dolores.

Mi niña necesitaba ser vista y mirada . Necesitaba saber y sentir que Papá y Mamá me estaban viendo, que conocían como sentía, qué me emocionaba, qué me motivaba. Como niña requería de la mirada y el amor incondicional de mis padres para satisfacer mi necesidad. Mi necesidad de crecimiento y libertad.

Ahí, en ese camino hacia mi niña interior , fui comprendiendo la importancia de un acompañamiento consciente y delicado hacia la infancia, que tiene que ver con que el adulto sea capaz de ver qué necesita el niño o la niña para poder acompañarlo a la satisfacción y el bienestar.

Así es que me sumergí en el mundo del acompañamiento emocional de la etapa infantil.

Acompañar a niños y niñas, es una de los lugares más intensos que he ocupado en toda mi vida. La etapa infantil en su constante desarrollo es un ciclo cambiante y en movimiento.

Esas intensas personitas pasan de una emoción a otra con fluidez cuando los acompañamos de forma consciente y amorosa y además son capaces de conectar consigo mismas si les proporcionamos una presencia adulta que les ofrece una actitud de respeto, transparencia y autenticidad.

Con esto quiero decir que, para que un niño puede seguir en contacto consigo mismo, el adulto que lo acompaña también debe estar en contacto. Necesito identificar mi rabia, mi alegría, mi tristeza, mi miedo, mi amor, mi rechazo, mi dolor, mi equivocación, mi herida. Necesito cómo adulta verme y reconocerme, así después necesito aceptarme y amarme en mis aciertos y en mis errores para poder ofrecerme autentica y permitir la autenticidad en las personas que acompaño y dignificar cualquier cosa que se manifieste.

Necesito también que el niño al que acompaño pueda verme en todos esos estados, reconocerme humana delante de esa persona de corta edad y necesito diferenciarme de ella para que ella pueda ser libre y autentica.

Así es como yo entiendo el acompañamiento respetuoso. Y eso quiere decir también correr el riesgo de ser libre como adulta, mirarme y verme. Reconocer que no soy perfecta y que en ocasiones estoy cansada, triste, enfadada, que pierdo los papeles y me descentro. Que los niños a los que acompaño también van a tener que soportar mis limitaciones porque soy humana y que me comprometo a entregarme a este camino desde mi capacidad de amar que en ocasiones también está limitada ya que tengo mis propios asuntos internos.

Después de 15 años acompañando niños y niñas me confesé ante mi misma, y vi que no fui capaz de ser perfecta. A medida que voy aceptando mi imperfección me voy dando cuenta de que ellos se pueden relajar en que no son perfectos y en que no tiene porque serlo.

Al final lo que necesitan los niños es ser aceptados en su autenticidad y sentirse acompañados con presencia.

A través de conocer mis limitaciones como adulta, siento que puedo desandar el camino para observar como me pierdo del respeto y volver a caminarlo con nuevas herramientas adquiridas. Desapegarme de mis heridas infantiles y acompañar a niños, niñas y familias poniendo la intención en no culpabilizar, juzgar, dirigir ni dominar sus procesos individuales.

Con esta mirada que he ido descubriendo después de todos estos años es con la que me pongo en el acompañamiento a niños, niñas y familias tanto en el espacio educativo como en las terapias.